lunes, 5 de diciembre de 2011

El Príncipe en Panamá.

Mi propósito es presentar las cosas como son en realidad y no como las cree el vulgo. Hay quienes ven en su imaginación repúblicas y principados como jamás existieron en la realidad”. En estos términos Nicolás Maquiavelo busca justificar el porqué de la cruda dureza de su libro cumbre, “El Príncipe”, un texto estigmatizado por aquellos estudiosos de la política y la filosofía oficial, que encontraron y encuentran en sus postulados, una verdad incomoda respecto a cómo realmente funcionan los Estados.

Maquiavelo (1469-1527), quien fuese Secretario de la República Florentina en Italia, dirige y dedica su obra a Lorenzo de Médicis, por entonces gobernante de Florencia, por lo tanto, “El Príncipe”, no es una obra dirigida al público en general, sino que se trata de un libro de consejos de cómo un político debe conquistar y conservar el poder.


Aunque Maquiavelo ha muerto hace casi cinco siglos, podemos afirmar sin ninguna duda, que el autor en cuestión es un clásico de las Ciencias Políticas, pues muchas de sus afirmaciones pueden ser confrontadas con realidades contemporáneas. Veamos dos ejemplos.

Siempre me he preguntado cómo es posible que un presidente, al final de su período, después de haber ejecutado una serie de medidas antipopulares, de haber burlado muchas de las promesas de campaña, termina con altos índices de popularidad, fenómeno que ha ocurrido con la mayoría de los Jefes de Estado panameños, desde la dictadura militar a la actualidad. Al respecto, Maquiavelo aconseja lo siguiente a los gobernantes: “… los príncipes deben dejar a cargo de otro la imposición de obligaciones, cargas y castigos, reservándose la concesión de gracias y mercedes”.

Como he afirmado anteriormente, esta es una fórmula aplicada consuetudinariamente por tiranos o por presidentes electos “democráticamente”, podemos ver como el principal líder de la dictadura militar panameña pasa a la historia como un prócer y los muchos crímenes cometidos bajo su mando, son atribuidos a subordinados despistados o con mucha iniciativa, dejando todo lo “bueno” de la dictadura a la imagen del príncipe del momento. O en los últimos tiempos, cuando un mandatario comete una arbitrariedad contra sus electores, el susurro mayoritario de los medios es afirmar, “debe ser que está mal asesorado”, prodigando las bondades al mandatario y las maldad a la torpeza de sus asesores.

¿Cómo es posible que los pueblos elijan consecutivamente una y otra vez a representantes de una clase social que tiene intereses contrarios a los suyos? ¿Cómo es posible que hoy elijamos dueños de nuestro destino a quienes hace cinco o diez años condenamos con toda clase de epítetos? Vivimos en una sociedad de espejismos, donde la mayoría, sumergida en necesidades, trabajo, deudas no es capaz de reconocer los grilletes y verdugos que les niegan una vida digna. Maquiavelo afirma que “se alcanza al instante lo que un hombre parece ser, pero no lo que es realmente, y los menos, que son los que juzgan con discernimiento, no se atreven a contradecir a la multitud ilusa”.

El Príncipe”, es un libro recomendable, no para seguir sus consejos, sino porque a través de sus páginas se muestra el verdadero rostro del poder estatal burgués, que se encuentra tras amables caretas maquilladas con términos como separación de poderes, democracia y libertad, carentes de sustancia mientras no sean ejercidos directamente por el conjunto de ciudadanos que se ganan la vida con el esfuerzo de su trabajo.

Luis Calvo Rodríguez.
Publicado en “La Estrella de Panamá”, el 5 de diciembre de 2011.

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