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El centro como ficción política.

Un fenómeno a destacar de las recientes elecciones costarricenses (2 de febrero de 2014) es el esfuerzo de las dos fuerzas políticas que pasaron a segunda ronda por identificarse con el centro ideológico. El espectro ideológico puede definirse –a riesgo de ser esquemático– de izquierda a derecha de la siguiente forma: extrema izquierda, izquierda revolucionaria, centro izquierda (socialdemocracia), centro derecha (socio-liberales), derecha liberal y extrema derecha (fascismo).

Los extremos se pueden definir, principalmente, por sus métodos, y la diferencia entre ambos espectros se identifica a partir de su rechazo al modo de producción capitalista (izquierda) o su defensa y aceptación del sistema dominante (derecha).

Por ello es necesario afirmar que el centro ideológico es una categoría anticientífica, pues este es inherente a la indefinición de posiciones y en el ámbito de las ciencias políticas precisamente de lo que se trata es de establecer definiciones.

Entonces, ¿de dónde surge está noción del centro político? En el contexto actual político latinoamericano se trata de un concepto que podemos ubicar más cerca del marketing electoral que de las ciencias políticas; más cercano a las escuelas de publicidad, que a las facultades de ciencias sociales.

Término con el cual se busca aprovechar el natural temor humano a definirse, a posicionarse, abiertamente. Aprovechar la disyuntiva de electores hartos de los efectos del modo de producción capitalista, pero que no alcanzan a distinguir qué origina esos males, y más importante aun, que en buena medida se sienten temerosos de dar pasos –así sean tímidos– en dirección de la superación del sistema.

El centro ideológico como categoría del marketing electoral busca atraer la preferencia de un votante harto del actual sistema político-económico pero que, al mismo tiempo, tiene inoculado un temor ancestral a los cambios sociales.

Este escenario es particularmente beneficioso para la protección y reproducción del statu quo, se estimulan ideas moderadas, tendientes a la indefinición o al eclecticismo, con campañas inundadas de discurso de cambio, pero que tras el análisis más elemental dejan ver sus posiciones de clase, las cuales son contrarias a cualquier cambio estructural progresista, por mínimo que sea.

El sistema electoral, más que un elemento fundamental de un modelo democrático participativo en nuestras sociedades latinoamericanas, se ha constituido en un modo de legitimación de la división/opresión de clases y sobre todo, de libertad total para que las clases dominantes acumulen más y más riquezas, a partir de la compra de la fuerza de trabajo de la mayoría de la población.

Los votantes deseosos de cambios progresistas, para aprovechar los portillos que deja el sistema electoral, deben desprenderse de los cantos de sirena que los llaman a su despolitización y desideologización –disfrazada de centrismo ideológico–, lo cual los debe llevar a comprender que para construir una sociedad justa e igualitaria es necesario asumir posiciones concretas y decididas respecto al mundo en el que quieren vivir. Eso, y no la politiquería clientelista de los partidos tradicionales, es política.


-Luis Calvo Rodríguez
Publicado en "La Prensa", el 21 de febrero de 2014.

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